Un minuto de silencio por la educación de Chile
Una reflexión sobre cómo los hechos que impactan a las escuelas nos invitan a fortalecer el bienestar, la alfabetización emocional y la sinergia del cuidado.
Paula Olivares
4/20/2026


Introducción
Este pasado viernes 27 ha dejado un profundo dolor en todas las personas que, día a día, construimos la educación de Chile. Pareciera que el silencio, como símbolo de respeto y reflexión, es lo primero que debemos hacer. Ante este hecho tan lamentable, más allá de cualquier análisis, debemos reconocer el dolor: el de la familia de la funcionaria del colegio, el de quienes resultaron heridos, el de la comunidad escolar, el de los padres y el de todos aquellos que han sido golpeados por esta noticia sin precedentes en nuestro país.
Este minuto de silencio no es solo por lo ocurrido, sino también por lo que nos revela. Hay algo en esto que duele de manera distinta. Duele pensar que la escuela que construimos, ese espacio que debería cuidar y resguardar, no lo fue para la inspectora fallecida, para las cuatro personas heridas y para todos quienes fueron testigos de un evento inconcebible en Chile. Aquello que antes veíamos en noticieros de otros países hoy se siente cercano y posible.
En momentos como este, es natural que surjan opiniones, juicios y explicaciones desde distintos lugares. Sin embargo, quizás el mayor desafío es detenernos, con respeto y humildad, a reflexionar más profundamente sobre lo que estos hechos nos están diciendo como sociedad. Este suceso no solo impacta: nos interpela.
La escuela frente a una realidad que la supera
Quienes trabajamos en educación sentimos profundamente este dolor y nos enfrentamos a preguntas inevitables: ¿somos responsables de lo ocurrido o somos también víctimas? La reacción inmediata suele ser buscar responsables: qué hizo el colegio, qué hizo el equipo directivo, qué hizo el profesor jefe, cómo eran las inspectoras. Pero ¿realmente la escuela puede responder sola a una problemática que parece un fenómeno violento y complejo? ¿Es solo la escuela la que debió evitar esto? ¿O también es víctima de un contexto que la supera? ¿Qué debemos hacer ahora como educadores? ¿Quién nos ayuda a procesar lo que sentimos?
La educación ha sido gravemente herida. Este hecho nos obliga a mirar con mayor profundidad lo que estamos haciendo, pero también a comprender que la escuela es una representación de la sociedad. Lo que ocurre fuera de ella inevitablemente se manifiesta en su interior. Somos, al mismo tiempo, víctimas de una realidad social y responsables del sistema que sostenemos. Hoy, el acto de educar parece estar atravesado por una complejidad que no podemos seguir ignorando.
La dimensión emocional como deuda educativa
Este momento nos invita a mirar una realidad que muchas veces evitamos: estamos formando generaciones en un sistema que históricamente ha priorizado el desarrollo cognitivo, dejando en segundo plano una dimensión esencial del ser humano, la emocional.
Como plantea Rafael Bisquerra, “los grandes problemas de la humanidad tienen en gran medida un fondo emocional”. Reconocer esto no implica desconocer los avances en educación en esta materia, sino asumir que aún existe una deuda significativa. Persistimos en una forma de analfabetismo emocional que requiere ser abordada con urgencia.
Educar también es desarrollar habilidades
Aun así, incluso en este escenario, debe existir espacio para el optimismo. Educar implica confiar en que las personas pueden aprender, desarrollarse y ser mejores. Confiamos en que estudiantes, apoderados, docentes, asistentes de la educación y equipos directivos pueden encontrar caminos que respondan a las necesidades de niños, niñas y jóvenes. Sin embargo, ese camino no puede ser individual ni aislado. Requiere del compromiso de toda la ciudadanía en el cuidado de la crianza y de las trayectorias educativas.
Esto nos lleva a un punto central: el desarrollo de habilidades. La capacidad humana de aprender, de transformarse, de mejorar, también se expresa en la forma en que resolvemos conflictos, en cómo nos relacionamos con otros y en cómo nos tratamos a nosotros mismos. Estas habilidades no son innatas; se desarrollan, se practican, se fortalecen.
Formación socioemocional y sinergia del cuidado
Hoy más que nunca es evidente que la formación socioemocional no es un complemento, sino una base. Las comunidades educativas tienen el desafío de liderar espacios más humanos, donde cada persona pueda sentirse vista, contenida y acompañada. Aquí se abre una oportunidad urgente y transformadora para la educación y para la sociedad en su conjunto.
La alfabetización emocional y el desarrollo de habilidades socioemocionales son fundamentales en este proceso. El Estado debe garantizar espacios donde estas competencias puedan desarrollarse, permitiendo no solo el autocuidado, sino también el cuidado de los demás. Solo así es posible construir una verdadera sinergia en el cuidado: comunidades educativas basadas en el buen trato, en la resolución pacífica de conflictos y en el bienestar colectivo.
Conclusión
Hoy estamos de luto, pero también estamos frente a una oportunidad. Lo ocurrido en el Instituto Obispo Silva Lezaeta debe mantenerse como un hecho aislado, no como una forma de relacionarnos. Aún estamos a tiempo. Esto exige intencionar la acción educativa, avanzar hacia un trabajo sistemático y comprometido, y, sobre todo, asumir que el cambio comienza en cómo decidimos cuidarnos unos a otros.
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